¿Qué me dice de Dios la dureza de corazon?
Dureza de corazón, Por el P. Luis Casasús, Comentario al
Evangelio del 7 de Octubre, 2018.
Debido a la dureza del corazón de ustedes. Esta es la explicación dada por Cristo sobre la actitud de los judíos y la solución de emergencia de Moisés. ¿Y si una esposa ve algo indecente en su marido, también puede escribir una carta de divorcio y entregársela a su marido? Esto nunca fue regulado así. Ahí tenemos un fruto amargo de nuestra dureza de corazón, aunque un proyecto de ley no pueda ser la solución al problema de nuestra conciencia endurecida.
Incluso la formulación de la pregunta por parte de los
fariseos revela una falta de acogida y de ternura: ¿Es lícito a un esposo
divorciarse de su esposa? ¡La ley no es todo en nuestras vidas!
Hoy apenas nos sorprende cuando escuchamos que una pareja
conocida decide divorciarse. En algunos países, hasta la mitad de los
matrimonios terminan en los tribunales de divorcio. Pero siempre es muy duro
cuando una relación que comenzó con grandes esperanzas se convierte en rechazo
y dolor. La Primera Lectura y el Evangelio tratan este tema, pero una lectura
cuidadosa y una reflexión silenciosa revelan que Jesús quiere enseñarnos algo
que es extremadamente crucial…en todo momento.
¿Cómo puede sobrevivir y desarrollarse una relación? Una
pregunta paralela o quizás preliminar es: ¿Cómo se destruyen nuestras
relaciones con Dios y nuestro prójimo? Las relaciones fallidas son quizás la
razón principal por la cual comenzamos a buscar respuestas sobre la vida o,
lamentablemente, a tomar decisiones trágicas.
La raíz del problema es que somos engañados por nuestro
Instinto de Felicidad. Podemos decir con seguridad que es más esencial que el
Defecto Dominante. No podemos eliminarlo de la misma forma que nos quitamos una
camisa, pero podemos liberarnos de sus efectos mediante un estado permanente de
oración. Ser duro de corazón significa ser arrastrado por ese instinto,
haciéndonos insensibles de varias formas: oscureciendo nuestros pensamientos,
robando nuestra energía de nuestros mejores deseos y evitando que miremos al
otro cara a cara.
En primer lugar, no sólo nuestros pensamientos, sino también
nuestra forma de pensar se hace rígida. Somos incapaces de pensar fuera de
nuestro estrecho universo individual, fuera de nuestros planes. El apego a
nuestros juicios es la manifestación más visible y letal en nuestra mente.
Permítanme ilustrarlo con una historia (aparentemente) divertida:
Un periodista novato consiguió su primer trabajo en un
periódico de una ciudad pequeña. El editor lo envió a cubrir la boda del año,
de la familia más rica de la ciudad. El editor lo envía y… en unos instantes
vuelve a la oficina. El editor le dice: ¿Qué problema hubo? Y él dice: Fui a la
iglesia, y mientras conducía, la novia y su padre llegaron en una limusina.
Mientras caminaban hacia la iglesia, apareció un auto negro con cuatro hombres
encapuchados; salieron con armas, dispararon al padre de la novia, tomaron como
rehén a la novia, la arrojaron al auto negro y se fueron. Así que no hubo boda
para cubrir, por eso volví.
Es fácil imaginar lo que el editor pensó. El objetivo de un
buen reportero es que tenga ojo para las noticias. Si ese periodista no se dio
cuenta de que “eso” era noticia, su carrera no iba a durar mucho. Del mismo
modo, debido a la gracia y a través de ella, tenemos que hacernos sensibles a
las necesidades.
Reflexionando sobre la actitud de los fariseos, el Papa
Francisco dijo (10 de abril de 2014) que hoy existe una dictadura de estrechez
mental que mata la libertad de las personas. Su error, señaló el Papa, fue
separar los mandamientos del corazón de Dios. Pensaron que todo se podría
resolver respetando los mandamientos. Pero estos mandamientos no son una ley
fría, porque nacen de una relación de amor y son señales que nos ayudan a
evitar errores en nuestro camino a Cristo. Al hacerlo, los fariseos cerraron
sus corazones y mentes a todas las cosas nuevas. Ese es el drama de un corazón
cerrado, el drama de una mente cerrada y, cuando el corazón está cerrado, ese
corazón cierra la mente, y cuando el corazón y la mente están cerrados no hay
lugar para Dios, sólo para lo que nosotros creemos que hay que hacer.
En segundo lugar, no sólo nuestros pensamientos, sino
nuestra energía y fuerza se debilitan. Las falsas expectativas son el mecanismo
para esto. Como un efecto de nuestra visión miope y egocéntrica, esperamos que
haciendo ciertos esfuerzos obtendremos todo tipo de recompensas,
particularmente seremos más populares, exitosos o atractivos. Por supuesto,
necesitamos tener algún tipo de control de nuestras vidas. Por ejemplo,
simplemente al llamar para programar una cita con un psicoterapeuta se produce
una mejora observable en las personas angustiadas; asimismo, un estudio de
pacientes con cáncer reveló que cuanto más percibían que tenían cierto control
sobre su enfermedad, menos deprimidos estaban.
El problema es que, empujados por nuestro Instinto de
Felicidad, tratamos de hacer este control absoluto. Creamos grandes esperanzas
y expectativas de resultados exitosos y nos convertimos en víctimas del llamado
síndrome de falsa esperanza. Nuestros intentos de regular el propio
comportamiento y el de otras personas, utilizan una energía mental, que pronto
se agota. Un ejemplo bien conocido de salud mental y vida espiritual son
algunos de nuestros intentos de suprimir pensamientos negativos; esto puede
hacer que los pensamientos no deseados sean aún más intensos, lo que resulta en
su eventual supremacía.
Todos nosotros tenemos expectativas no realistas. Se ha
dicho que, de hecho, la expectativa menos realista es…que las personas no
deberían tener expectativas poco realistas. Quizás la más frecuente es nuestra
falsa imagen de Dios. A veces, ese ídolo, hecho a mi medida, pretendo que sea
una fuente permanente de satisfacciones, la solución instantánea a todas mis
dificultades y la respuesta a todas mis preguntas. Hacemos una interpretación
vulgar e irreflexiva de la declaración de Jesús: Vengan a mí, todos los que
están cansados y agobiados, y les daré descanso (Mt 11, 28). Este descanso se
basa en una participación activa y gozosa en su reino, que es también
arriesgada y dolorosa, como dice abiertamente en la parábola del sembrador:
Otras semillas cayeron en un suelo rocoso, donde no tenían mucha tierra, y de inmediato
surgieron, pues no tenían profundidad de tierra, pero cuando salió el sol se
quemaron. Y como no tenían raíz, se marchitaron.
Los caminos de Dios son más elevados que los nuestros. Tal
vez mi idea de quién es Dios es sólo un castillo de naipes, que se derriba a la
primera adversidad. En lugar de ser sacudidos por el fracaso de nuestras falsas
expectativas e ideas limitadas sobre Dios, podemos llegar a aprovecharnos de
ello. Dios está más allá de lo que podemos imaginar, y usa nuestros agobios, pruebas
y dificultades para llevarnos a un nuevo grado de belleza espiritual.
Una niña estaba caminando en un jardín y vio una flor
particularmente hermosa. Admiraba su belleza y disfrutaba de su fragancia. ¡Es
tan linda! exclamó. Mientras la miraba, sus ojos siguieron el tallo hasta la
tierra donde había crecido y dijo: ¡Esta flor es demasiado bonita para estar
plantada en esa tierra! Entonces la levantó por las raíces y fue al grifo de
agua para lavar la tierra. No pasó mucho tiempo hasta que la flor se marchitó y
murió. Cuando el jardinero vio lo que la niña había hecho, exclamó: ¡Has
destruido mi mejor planta! Ella dijo: Lo siento, pero no me gustaba en donde
estaba. El jardinero respondió: Elegí ese lugar y mezclé la tierra porque sabía
que solo allí podría convertirse en una hermosa flor.
Podría ser conveniente recordar aquí una frase de C. S.
Lewis: Dios nos susurra en nuestros placeres, nos habla en nuestra conciencia,
pero nos grita en nuestro dolor; es su megáfono para despertar a un mundo que
está sordo.
La atención a las expectativas y la comunicación es una
medida preventiva importante tanto en la vida marital como comunitaria; tengo
que guardarme continuamente de esperar que los demás siempre me sirvan, de
esperar que los demás siempre estén de acuerdo conmigo, de esperar que otros
hagan todo el trabajo que creo que deberían estar haciendo, de esperar que
otros se involucren con causas particulares con las que yo estoy involucrado,
de esperar que puedan leer y meditar todo lo que diga o escriba… y de mi
creencia de que no es necesario o esencial comunicar algunas cosas.
Cualquier asunto de valor en la vida requiere una cierta
cantidad de sacrificio y lucha: una carrera exitosa, tener un hijo… Las
relaciones profundas y significativas no están exentas de la misma ley a la que
está sujeto todo lo demás. Tendré que sacrificar el estar alimentando mi ego.
Aún más, para un discípulo de Cristo, es importante darse cuenta de que nuestro
Salvador, Hermano y Guía, también fue perfeccionado a través del sufrimiento,
como podemos ver de forma impactante en la Segunda Lectura de hoy: Convenía, en
efecto, que aquel por quien y para quien existen todas las cosas, a fin de
llevar a la gloria a un gran número de hijos, perfeccionara, por medio del
sufrimiento, al guía que los conduciría a la salvación.
En tercer lugar, nos volvemos especialmente insensibles a
las necesidades de nuestros semejantes y a lo que Dios nos pide hoy. No
llegamos a conocer su verdadera vida. Estamos tratando con seres humanos, y un
ser humano siempre necesita algo más que una adecuada ayuda técnica.
Podemos ilustrar esto con el ejemplo positivo del alcalde de
Nueva York Fiorello Laguardia (1882-1947). Un día tomó el lugar del juez de la
corte y un anciano tembloroso fue llevado ante él. Estaba acusado de robar una
barra de pan de una panadería. El acusado dio la excusa de que su familia
estaba muriendo de hambre. La ley no permite excepciones. He de castigarte.
Tengo que multarte con diez dólares, declaró Laguardia. Pero luego llevó la mano
al bolsillo y agregó: Aquí hay diez dólares para pagar la multa. Y alzando la
voz, continuó: Ahora impongo a todos los presentes en este tribunal una multa
de cincuenta centavos cada uno por vivir en una ciudad donde la gente debe
robar pan para poder vivir. Sargento, recoja el dinero de inmediato y
entrégueselo al acusado. Pasaron un sombrero y el acusado salió de la corte con
cuarenta y siete dólares en el bolsillo.
No llegar a regocijarse con el otro revela la envidia en mi
corazón. Negarse a llorar con otro, revela una falta de compasión en mi
corazón. De una forma u otra…tengo un grave problema. Alégrate con los que se
regocijan; llora con los que lloran (Rom 12: 15).
Otro signo de nuestra dureza de corazón: trata de observarte
a ti mismo la próxima vez que digas a dos hermanos/as seguidos que estás
haciendo bien alguna cosa -sin que te importen sus opiniones- y decide entonces
escuchar lo que tienen que decir.
San Pablo es muy claro al explicar las consecuencias de
vivir con un corazón endurecido: Así que les digo esto, y lo afirmo con el
Señor, que ya no vivan como lo hacen los gentiles, en la futilidad de su
pensamiento. Están oscurecidos en su comprensión y separados de la vida de Dios
debido a la ignorancia que hay en ellos debido al endurecimiento de sus
corazones. Habiendo perdido toda sensibilidad, se han entregado a la
sensualidad, para cometer con avidez toda clase de impurezas (Ef 4: 17-19).
Siempre veo en nuestro padre Fundador y en el Papa Francisco
dos modelos de relación cristiana con Dios y sus semejantes, principalmente
porque revelan su verdadero yo, sus experiencias infantiles, sus luchas
internas y reconocen su vulnerabilidad. Esta forma de apertura es precisamente
el modo adecuado, como los niños, de dar acogida al reino de los cielos: Dejen
que los niños vengan a Mí, y no los estorben, porque a los que son como ellos
pertenece el reino de Dios. En verdad les digo que el que no reciba el reino de
Dios como un niño, no entrará en él (Lc 18: 16-17).
Abrir de par en par el corazón puede no ser siempre fácil,
pero es lo que continuamente hace un verdadero apóstol: Hermanos corintios, les
hemos hablado con toda franqueza; les hemos abierto de par en par nuestro
corazón. Nunca les hemos negado nuestro afecto, pero ustedes sí nos niegan el
suyo. Para corresponder del mismo modo -les hablo como si fueran mis
hijos- ¡abran también su corazón de par
en par! (2 Cor 6: 11-13).
No solo eso, sino que ser el primero en abrir nuestro
corazón, hará que nuestro prójimo haga lo mismo de inmediato.
La verdadera compasión cristiana es lo opuesto a un corazón
endurecido. La compasión es más que encontrar soluciones para quienes tienen
problemas. Es una forma inspirada y siempre nueva de caminar con y junto a
otras personas. El sacerdote francés San Juan María Vianney, párroco de Ars,
fue a visitar a una viuda anciana cuando murió su único hijo. La gente esperaba
que la ayudara a entender su pérdida. En lugar de eso, simplemente se sentó a
su lado, le puso la mano en el hombro y dejó que sus lágrimas fluyeran con las
de ella. La compasión es más que simpatía. Es empatía emocional y espiritual.
Cuando alguien se siente débil, ¿no comparto yo su debilidad? Y, cuando a
alguien se le hace tropezar, ¿no ardo yo de indignación? (2 Corintios 11:29).
Y recordemos, nos volvemos compasivos cuando aceptamos y
acogemos la compasión de Dios. Sé misericordioso como tu Padre es
misericordioso (Lc 6:36).
Por el P. Luis Casasús, Superior General de los
Misioneros Identes, París, Comentario al Evangelio del 7 de Octubre, 2018. XXVII
Domingo del Tiempo Ordinario (Génesis 2,18-24; Carta a los Hebreos 2,9-11;
Marcos 10,2-16).

Hola compañero
ResponderEliminarLamentablemente la humanidad está sufriendo gravemente, hay una gran falta de poner el corazón en las relaciones, en las actividades que realiza cotidianamente, en sus trabajos, en las relaciones familiares. El hombre se ha vuelto egoísta, sólo ve hacía si mismo, preocupado por sus vida. Esta totalmenete encadenado en deseos que no le llevan a nada, ni a nadie. El endurecimiento que hay en el hombre hoy en día es por la falta de Dios en sus vidas, de vivir con Él, de hablarle como el amigo real y fiel , amoroso, que se da a Sí mismo por amor, en libertad y sin condición. Él es el "ungüento" para suavisar el endurecimiento de corazón del que padece un porcentaje muy alto de la creación humana.